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Publicado en Las Provincias el 14 de diciembre de 2021.

José Domingo Monforte. Socio-director de DOMINGO MONFORTE Abogados.

El filósofo coreano Byung-Chul Han sostiene que la dominación perfecta es aquella en la que todos los humanos solo juegan. Juvenal caracterizó con la expresión panem et circenses a aquella sociedad romana en la que ya no era posible la acción política: la gente se muestra sumisa con comida gratis y juegos espectaculares.

La renta básica es una asignación monetaria pública incondicional para toda la población. Se trata de «un ingreso pagado por el Estado, como derecho de ciudadanía, a cada miembro en pleno derecho o residente de la sociedad incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quien conviva» (fuente: web de Red Renta Básica).

Dicha prestación universal sin condiciones -a mi juicio- crearía un ejército de vagos y liquidaría el trabajo digno, el mérito, el estímulo y el esfuerzo empresarial. Las miradas para lograrlo están centradas en el nuevo mundo robótico de la revolución digital, la nueva era de la inteligencia artificial, que puede ser el instrumento de liberación unido a una reforma fiscal confiscatoria que posibilite una gran redistribución de la renta de los más ricos al resto de la población. De ahí que se ligue la renta básica universal al debate de la fiscalidad del capital, para que pueda lograrse la universal cobertura de las necesidades bajo una suerte de agradable y global ociosidad que define la expresión “Il dolce far niente”.

El profesor Carlos Amunategui sostiene que nuestro esquema valórico se encuentra en serio riesgo de quedar obsoleto a partir de la emergencia de nuevos sistemas tecnológicos que son capaces de desplazar las labores productivas fuera del campo humano, y añade  que los modelos algorítmicos han demostrado que pueden llegar a resultados equivalentes o superiores a los humanos en ciertos dominios, como el reconocimiento de patrones o los juegos, lo cual los convierte en herramientas poderosas que han sido denominadas inteligencias artificiales estrechas o acotadas (Narrow Artificial Intelligence). Éstas pueden resultar en una creciente automatización en continuo avance de diversas labores productivas hasta el punto de provocar una nueva revolución, la Revolución Tecnológica.

Sin embargo, siguiendo a Heidegger, la inteligencia artificial resulta incapaz de desplazar el pensamiento humano que procede de forma muy diferente a la inteligencia artificial. Aun cuando parezca un contrasentido, es una forma de saber bastante primitiva en la medida que la inteligencia procesa hechos determinados que siguen siendo los mismos y que están ausentes de la disposición anímica y dinámica del pensamiento humano, que es capaz de engendrar nuevos hechos frente a la computación cuántica, basada exclusivamente en la capacidad del almacenamiento, correlación y procesamiento de datos.

El big data sugiere un conocimiento absoluto, todo se vuelve calculable, predecible y controlable sobre la base de una minería de datos que se correlacionan, lo que provoca una autómata dependencia de los datos que genera la red, restándolo, cuando no anulando nuestra memoria, lo cual resulta potencialmente peligroso, en la medida que puede derivar en la pérdida de la identidad. El profesor de filosofía José Carlos Ruiz afirma, desde su experiencia, que el nuevo perfil de las pedagogías contemporáneas se centra en el desarrollo de las habilidades y se deja de lado el ejercicio retentivo, favoreciendo entregarse a la simplificación y seducción que los soportes e imágenes de pantalla ofrecen y, con ella,  la dependencia adicta a nuevas formas de entretenimiento (juegos y redes sociales). Éstos van haciendo su papel en lo que Han llama prisión digital de la  “sociedad del cansancio” que están llevando al extravío del ser humano.

Empezamos a descubrir la proliferación de campañas de descrédito, favorecidas en la imposibilidad de controlar y regular los algoritmos que generan las máquinas. Jacques Monod, premio Nobel de Medicina, afirmaba que el ser humano se halla extraviado en un universo que es “sordo a su música”  y “tan indiferente a sus esperanzas como a su sufrimiento o a sus crímenes”. Se está favoreciendo la generación de un vacío existencial a base de la dominación seductora de distracciones cada vez más aceleradas e intensas, estrechamente unidas a la que se ha venido a llamar la Destrucción creativa de empleo o desempleo masivo digital, como nuevos fundamentos de cambio de nuestra economía, sin reparar en la pérdida de derechos y libertades que el control digital, de suyo, conlleva.

Hoy parece desfasado e inapropiado hablar de la virtud del trabajo que, a través de un conjunto de principios y valores, y del esfuerzo -a mi juicio- conduce al hombre por el camino del éxito personal. Cuando le preguntaron a Newton cómo había descubierto la Gravitación Universal respondió “Nocte dieque incubando”, es decir,  “pensando en ello día y noche”. Somos muchos los que seguimos pensando el vacío existencial que podría provocar el infierno digital de todos iguales, sustentado en políticas basadas  en el favorecimiento a futuro del desempleo masivo digital y la confiscación fiscal de la riqueza para hacer posible su reparto en forma de renta básica y que, por el contrario, seguimos pensando  y afirmando la condición moral vicaria del trabajo, como  derecho y deber, que debe ser garantizado por el Estado mediantes políticas de empleo que tiendan al pleno y digno empleo. Sin embargo, ahí sigue la amenaza que apuntala el filósofo Han, con cuya cita iniciábamos, cuando afirma que: “renta básica, redes sociales y juegos de ordenador serían la versión moderna del panen et circenses”.