Publicado en el diario Levante-EMV el 2 de agosto.

Carmen y José  Domingo Monforte.

La noche del 6 de agosto Silla se viste de solemnidad, fervor y hermandad. Es la procesión del Cristo. Una cita ineludible para todos los vecinos de este pueblo de la comarca de L’ Horta. Pero, de entre ellos, en este escrito queremos fijar la mirada sobre los más mayores; los ancianos y ancianas que, por los achaques de su avanzada edad, viven ya recogidos en sus casas, muchas veces en soledad. Esta celebración es especial para ellos y ayuda a remover la conciencia de todos.

Recuerdo una de las muchas procesiones vividas al lado de mi familia. El paso lento y acompasado se detuvo y el Cristo paró delante de una casa. Los costaleros giraron lentamente la imagen venerada y sus ojos se cruzaron con los de una mujer mayor, que sentada en una silla de ruedas, lo contemplaba emocionada. Las lágrimas cubrieron ese rostro ajado por los años y la enfermedad. Un sentimiento muy profundo unió a todos los que contemplamos la escena. Mi hijo, que entonces era pequeño, me preguntó por qué nos habíamos detenido. Y le expliqué que nuestra vecina estaba enferma, que no podía participar como nosotros en la procesión, pero que el Cristo no se olvidaba de ella y se había parado ante su puerta para saludarla y  acompañarla.

Una gran lección que va más allá de sentimientos religiosos. La soledad y el abandono son los grandes males de las personas mayores. Dicen diversos estudios y lo confirma la vida que la soledad prolongada y el sentimiento amargo de tristeza que arrastra pueden derivar en depresión, debilitan la memoria y el sistema inmunológico, provocan enfermedades y muertes prematuras en soledad… Y, lo más llamativo, es que tal soledad se puede evitar con una medicina al alcance de cualquiera pero que pocos saben administrar: la solidaridad.

Solidaridad que se sigue encontrando en pueblos como el nuestro, en el que sus vecinos se conocen, se acompañan… y cuyas tradiciones y celebraciones recuerdan que en otros momentos fueron ellos quienes se ocuparan con quizá  más vocación y afecto de sus mayores.

Fiestas como nuestro Cristo de Silla o como las que se celebran en muchos pueblos de la geografía valenciana son importantes también por eso; porque estrechan lazos, reúnen familias, unen comunidades y dan visibilidad a los que nadie ve.

Son días de salir a la calle, de conversar y  escuchar. Sobre todo a los mayores. Ellos llevan en su memoria el legado de la tradición y la sabiduría de la experiencia.

Días de proclamar sin reparos ni condicionamientos el valor de la palabra amor. Ese sentimiento que nace en la familia y es la fuerza vital que mueve a las personas y hace a las sociedades más fuertes.

Días de pararnos y reflexionar sobre el estilo de vida actual, rápida y atropellada, unida más a lo material que a lo sentimental. Días que nos hacen tomar conciencia sobre la importancia de los gestos, que enseñan el valor de pararse delante de la casa de esa vecina mayor, que está sola. Mirarla a los ojos, ofrecerle la mano y conversar.