Publicado en el periódico El Mundo el 11 de agosto.

José Domingo Monforte. Socio-director de DOMINGO MONFORTE Abogados.

Mi profesión me ha permitido convivir profesional y humanamente con múltiples experiencias vitales pero, más allá del caso legal, me gustaría compartir con mi amable lector dos vivencias del distinto comportamiento humano, el amor y la virtud frente a la codicia y el mero interés material.

La primera lección vital, la de una madre que se sentó ante mí con su hijo afectado por una parálisis cerebral infantil. La lucha de la madre para su mejora funcional había sido titánica, pero aun así aquel niño ligado a su silla de ruedas hacía ver la alteración de los movimientos asociados a reflejos anormales, una postura también anormal, que se alteraba con movimientos involuntarios, y un babeo visualmente excesivo. Centré mi mirada en su madre y vi un rostro alegre, entusiasta y cargado de amor. Reparé en su camiseta, en la que se podía leer una frase a modo de lema, clara expresión de  su compromiso y a su vez de sus limitaciones “Hago lo que puedo”.

Me relató que el padre al poco tiempo de nacer el hijo les abandonó y poco o nada se sabía de él, salvo algunas comunicaciones judiciales que ordenaban su búsqueda. Pese a ello, no mostraba rencor ni resentimiento. También en su recorrido vital había perdonado a quienes al traerlo al mundo le causaron el daño cerebral y toda su atención, ocupación y preocupación se concentraba en garantizar y ordenar el futuro de su hijo que tanto amor decía le regalaba y por el que profesaba un amor incondicional.

La resiliencia parental y ese estilo de afrontamiento activo había sido posible gracias al acompañamiento  permanente y resiliente también de su familia y a su fe. Conformaban una piña de unión que denotaba que, en lugar de queja, había compromiso y que tanto sus padres como sus hermanos querían seguir cuidando con total naturalidad a aquel maravilloso niño. Familia a la que solo pude ayudar en su preocupación por resolver el testamento legal y vital.

Situaciones como la que he narrado aportan lecciones y ejemplos vitales de valentía, fortaleza y sacrificio en una sociedad absolutamente comprometida con lo material y en la que los valores morales y humanos cada vez van quedando más y más relegados.

Soledad y abandono. Siempre que pienso en ellos me viene a la memoria el incidente del abrazo al caballo en plena vía pública que llevó, hasta el final de sus días, a Friedrich Nietzsche al ingreso de un hospital psiquiátrico donde murió, solo y abandonado. Ocurrió en Turín, el 3 de enero de 1889. Friedrich Nietzsche cruzaba la plaza Carlo Alberto. En el transcurso de su paseo es testigo de una escena que le hace detenerse: un cochero al que poco importaba que el caballo no pudiera seguir arrastrando la excesiva carga que portaba, lo maltrataba azotándolo con violencia excesiva con el látigo. El caballo rendido, agotado, resignado y exhausto detuvo la marcha, doblegado en el suelo. Nietzsche, hondamente dolido, herido en lo más profundo de su alma, se arroja sobre el caballo, lo abraza y rompe a llorar. Permaneció junto al caballo hasta que fue detenido por desorden público e ingresado en el sanatorio mental donde murió sin volver hablar con nadie. Todos los autores que han tratado el incidente coinciden en que fue un episodio crucial en la vida del filósofo alemán. Las palabras que, según se dice, en  aquel  momento Nietzsche susurró al caballo en medio de lágrimas no eran nada más y nada menos que palabras de arrepentimiento y perdón en nombre de toda la humanidad, por la crueldad y maldad del hombre. Y fue el momento en el que perdió lo que la humanidad llama “razón” y, de alguna forma, rompió para siempre con esa misma humanidad, que lo consideró desde entonces un perturbado.

El Dr. Jerome M. Adams, Cirujano General de los Estados Unidos, máximo responsable de los temas relacionados con la salud pública de dicho país, informaba recientemente de la primera causa de mortandad que, contrariamente a lo que podríamos pensar, no lo eran las cardiopatías, ni la hipertensión, ni el cáncer, ni los errores médicos, sino la soledad prolongada y el sentimiento  amargo de tristeza que arrastra, que daña y desgasta el organismo y puede derivar en dolorosos estados de depresión y abatimiento que van debilitando  la memoria y  sistema inmunológico y  propician la aparición de enfermedades como el Alzheimer; aumentando también el riesgo de ataques cardíacos y accidentes cardiovasculares y muertes prematuras y en  soledad.

Muertes que marcan el final de años de trastornos emocionales provocados por la soledad y abandono, que dejan cadáveres en muchas ocasiones en avanzado estado de descomposición, que aun teniendo familia no perciben su falta. Y que aparecen cuando con las diligencias judiciales y forenses y policiales de localización del “familiar” el alejamiento vital se trasforma en cercanía hacia el patrimonio del difunto, que es la única razón, que le lleva a reclamar el asesoramiento legal ante la posibilidad de sentirse favorecido por el vínculo acreedor hereditario, pese al material desafecto e indiferencia en vida. Y ésta es mi segunda experiencia.

Siempre insisto en que no hay que tener reparos ni condicionamientos en proclamar el valor del concepto universal de la palabra amor, sentimiento de vivo afecto por nuestro prójimo e igual que se engendra en la primera escuela de amor que es la familia y constituye una  fuerza vital que mueve a las personas y hace a las sociedades más fuertes y solidarias, frente a los actuales estilos y desviadas inclinaciones que conllevan la pérdida constante de los valores humanos que ceden frente aspiraciones egoístas y populistas.

¡Felices Vacaciones!