Jose partícipe a título lucrativo

Pubicado en Las Provincias el 21 de agosto de 2020.

Jose Domingo Monforte. Socio-director de DOMINGO MONFORTE Abogados.

El título que enuncia estas reflexiones ya incomoda porque trata algo que es tan nuestro como ajeno. Nuestro es el sentimiento por unos colores y un escudo que representan mucho más que el numerario de acciones que suman y dan el control decisional y la propiedad de algo que creemos nuestro pero que no lo es, es ajeno.

El régimen jurídico de las sociedades anónimas deportivas es el de las sociedades anónimas, con las singularidades de la Ley del Deporte y de sus normas de desarrollo. El ejemplo servirá para descender a la realidad: es como si por tener nuestros ahorros en una entidad bancaria o tener acciones de la misma nos creyéramos dueños de ella o con derecho a participar en sus decisiones. Nada cambia, salvo que el deporte se sustenta en unos valores, las raíces son muy distintas y más profundas: en muchos casos desde edades tempranas, por arraigo familiar o de cuna, se acude al campo con ilusión y se van cargando emociones y sentimientos que hacen no solo que uno sea del Valencia, sino que sienta el Valencia como suyo. Se da la recompensa del aplauso en el campo, cuando se percibe el esfuerzo, la tenacidad y la identidad del jugador y su lucha por la victoria sin rendiciones; y, el silencio o el silbido cuando se reprocha o echa en falta dicha actitud.

Alemania -a mi juicio- ha sido coherente con dichos sentimientos y valores y nos da un ejemplo en la evitación de situaciones de desposesión y desnaturalización de los valores que sustentan un equipo. La liga alemana, a diferencia de otras como la nuestra, dispone de un mecanismo de control, una barrera legal que impide que las grandes empresas y los inversores se hagan dueños de los clubes de fútbol. La conocida como “Ley 50+1” resuelve jurídicamente la situación desde 1999; desde dicha fecha, el 51% de cualquier club deportivo debe pertenecer a los propios abonados y aficionados del equipo para evitar que salgan adelante situaciones como las que, desde hace varios años, se dan en el resto de Europa. Únicamente con dos excepciones, la del Bayer Leverkusen (que pertenece a la farmacéutica Bayer) y la del Wolfsburgo (propiedad del grupo Volkswagen). Circunstancia que está sobradamente justificada por el hecho de que con anterioridad a la entrada en vigor de la Ley ambas compañías ya era propietarias y ambas son ejemplo de  modelo de solvencia y gestión deportiva. Buen hacer que genera valor reputacional a las marcas, que se asocian a dichos valores.

Para no frenar la inversión, existe la salvedad de la cláusula de compromiso que posibilita la inyección de capital en los equipos, solo posible para el caso constatado de que se trate de una compañía que haya apoyado a un club con patrocinios u otro tipo de ingresos durante un periodo superior a los 20 años, la situación cede y se revierte y, una vez acreditado, puede optar a adquirir la mayoría o la totalidad de la entidad deportiva, previa consulta y autorización de los propios aficionados que deben posibilitar que la transferencia accionarial progrese con su aprobación.

Aquí, sin embargo, observamos como aficionados implicados cómo se construye un negocio que pretende realizar y rentabilizar la inversión y cuyo fin único es el cumplimiento del objetivo económico de generar riqueza y aplicarla a una cuenta de resultados en la que los sentimientos y pasiones de quienes han hecho grande a la entidad importan poco o nada.

No es momento de lamentos, ya se llegó ahí cuando se consintió en una dependencia plena  de una entidad financiera, dueña material y quien maneja la cruceta del títere fiduciario en que se convirtió para dichos fines la Fundación y con su dominio real de las acciones le buscó comprador. Lo encontró y se nos presentó como el gran salvador de nuestro Valencia C.F. Y así se le recibió, cual caudillo, entrada triunfal incluida en el estadio, al estilo y con la misma ingenuidad que recreaba la película dirigida por nuestro gran  cineasta García Berlanga, Bienvenido, Míster Marshall. ¿Y ahora qué?

Ahora toca defender lo nuestro, con la unión del resto del capital social, de los accionistas minoritarios que, a diferencia del socio mayoritario, adquirimos las acciones por sentido de identidad  y, estar ahí con la unión de fuerzas frente al gigante accionarial, preparados, atentos en el ejercicio de las acciones participativas, para  reclamar y obtener la información y exigir la  transparencia. Y en ella, eventualmente, censurar, responsabilizar y luchar en el suelo jurídico aquellas decisiones que se apartan de la diligente y leal administración social.

¿Quién sabe? Igual no es un sueño, sino un plan, algún día recuperar lo nuestro, no solo  en sentimiento sino también en propiedad, para que no decidan terceros extraños, ausentes de sentimiento de identidad, sobre lo nuestro.

Con ilusión sin hacernos ilusiones.