Publicado en El Mundo el 7 de enero.

José Domingo Monforte. Socio-director de Domingo Monforte Abogados.

Me pregunto qué representaría hoy para la sociedad actual el simbolismo del oro, el incienso y la mirra que aquellos hombres sabios -que en la tradición cristiana reconocemos como los Reyes Magos de Oriente- ofrecieron cuando fueron a adorar al niño Jesús, guiados por una estrella y llegados allí como relata San Mateo (Mateo 2, 1-12) en el Evangelio: «Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.» Estos Magos que -como nos enseña Benedicto XVI- no eran otra cosa que buscadores de la verdad, representaban a todos los hombres buscadores de Dios de todos los tiempos y de todos los lugares del mundo.

Quizá aquellos a quienes hoy se reconoce como los «think tank» -expertos, investigadores de lo material y lo humano y cuya función principal es la permanente reflexión intelectual en temas diversos que afectan al mundo, tales como la política social, economía y cultura, los llamados nuevos sabios del mundo- deberían detenerse en la reflexión de dicho simbolismo que, desde mi humildad, planteo a mi amable lector.

El oro representaba el gran valor con el que se ofrendaba al Rey de Reyes. Sin embargo, hoy  juega un papel central en el sistema monetario internacional y el mundo se mueve a golpe del interés del capital. Todo gravita en torno al invento artificial del dinero. Referenciado en el patrón oro, mediante el cual se garantiza por el emisor de la divisa que puede dar al poseedor del billete o moneda la cantidad de oro consignada en ellos. El atesorar riquezas y dinero, acumular capitales, otorga fortaleza y poder y ha cegado desde siempre a la humanidad. Es acertada, en este sentido, la letrilla satírica de Quevedo: «Madre, yo al oro me humillo, Él es mi amante y mi amado, Pues de puro enamorado De continuo anda amarillo. Que pues doblón o sencillo Hace todo cuanto quiero, Poderoso Caballero Es don Dinero».

No puede negársele su intención burlesca pero también moralizadora: el oro, de alguna manera, se ha convertido en la maldición que cosifica y petrifica cuanto toca, como en la historia del Rey Midas, que acabó pidiendo que le liberara de aquella bendición que se convirtió en maldición. La sociedad está necesitada de una reformulación de valores: la solidaridad, la salud, el cuidado y protección del medio ambiente y el desplazar el dinero a un mero objeto de intercambio. Orden natural que necesita de cambio y mejora. Y en lo personal, que aceptemos, reconozcamos y converjamos a tiempo, en tiempo de vida, la realidad cierta de que las mejores cosas de la vida no son cosas.

El incienso representó lo sagrado. Sabemos que es un elemento purificador de estética sensorial, que tiene unas profundas raíces espirituales y ha sido parte de la adoración divina durante miles de años. Ofrece condiciones propicias y estímulo neurológico para la oración, para la meditación y el diálogo interior, vehículo de nuestros pensamientos y afectos. Es el símbolo de la necesidad de propiciar más la interrelación con nuestros iguales, en lugar de buscar las divergencias y estados pasionales de odio y aversión.

La filosofía moderna -que objetivizó su sentido en superar divisiones confesionales y garantizar la convivencia- pronto comprendió que situar en el centro la Razón, la Ciencia y el Estado dio como resultado una «modernidad insatisfecha» pese al alto nivel de progreso. No se ha logrado una cultura de encuentro. El incienso debería ser en este actual momento  símbolo del reto que proclama el Papa Francisco, que necesariamente exige y precisa de  una implicación personal, de interiorizar el sentido de aprender a acompañarse, a escucharse y a explicarse a través del diálogo paciente y de la educación. En sus palabras: «La educación se convierte en sabiduría de vida cuando consigue que el hombre, en contacto con Aquel que lo trasciende y con cuanto lo rodea, saque lo mejor de sí adquiriendo una identidad no replegada sobre sí misma». A la sociedad actual le falta el diálogo y comunicación sincera, en lugar de exigencias y proclamas  interesadas y hostiles o de fuerza.

Y por último, el simbolismo de la mirra, elemento que se usaba para untar y embalsamar los cadáveres y que simbolizó la muerte. Hoy vivimos hasta con cierta normalidad las muertes injustas -en atentados y guerras- y también las muertes que provocan las crisis de migración; iguales que arriesgan su vida por un futuro mejor, por una oportunidad vital que en muchas ocasiones nunca llega, quedando enterradas ilusiones y esperanzas  con el dolor y la muerte. Es la lucha por la sobrevivencia que en tantas y tantas ocasiones no se logra, sin que seamos capaces de unirnos y exigir un consenso sobre las necesidades actuales y la reorganización y redistribución  adecuada para dar sentido y futuro a un mundo cada vez más cerrado, por más global que se autoproclame.

No encuentro mejor momento que esta epifanía de fuerza y vida, que como Festividad religiosa los cristianos ayer celebramos por la Adoración de los Reyes Magos a Jesús que nació en la pobreza de un pesebre, para homenajear con el simbolismo del oro, el incienso y la mirra a quienes dan su vida por los demás, los activistas del amor al prójimo que  luchan por que vivamos en un mundo mejor.