Jose educación, economía y salud

Publicado el 2 de abril en Las Provincias.

José Domingo Monforte. Socio-director de DOMINGO MONFORTE Abogados Asociados.

Hasta hace nada, la expresión coloquial “me han puesto en casa” era jubilar, de éxito y acierto. En este momento, la expresión ha perdido completamente su significado ante el obligado y responsable confinamiento que la sociedad debe mantener en tiempo no laboral o en el laboral desde su casa, consecuencia del estado declarado y prorrogado de alarma. Dos preguntas nos asaltan a todos, la primera sería ¿hasta cuándo? Y la segunda ¿y después qué?

Sinceramente, no creo que nadie esté en condiciones de dar una respuesta cierta y acertada a ninguno de los dos interrogantes. El hasta cuándo resulta difícil de predecir, por más que se nos diga por las autoridades sanitarias que la ampliación de las restricciones dependerá de cómo evolucione la enfermedad y que primero habrá que alcanzar la cima para ver desde ahí lo que nos queda por bajar.  La realidad es que la gestión y normalización de lo que hoy es una crisis sanitaria es una cosa y el control de la enfermedad otra.

De más difícil predicción -si cabe- será la situación post coronavirus, pues se presenta siempre complejo -socioeconómicamente hablando- parar o dejar a ralentí sociedad y economía y luego acelerar o arrancar. Quizá el mundo iba muy acelerado y precisaba ralentizarse o detenerse. Lo cierto es que la realidad del mundo post coronavirus está por pensar, ver y decidir.

Sin embargo, creo que en algo podemos estar de acuerdo, esto es, lo frágil y vulnerable que es la naturaleza humana. En estos momentos, en los que se pone en duda todo, el antídoto para evitar la crisis de las democracias, de los derechos humanos, y la deriva del ser humano hacía un mundo carente de valores y principios morales, cuyo único destino final bien pudiera ser la desesperanza y la soledad, lo encontramos en el ejercicio activo del valor de la solidaridad, que nos hace más humanos y a la vez nos dará una suerte de antifragilidad.

La solidaridad, aparte de virtud moral y expresión de un comportamiento individual íntegro, representa un requisito para el buen funcionamiento de la vida en común. El profesor y filósofo en el ámbito del Derecho Luigi Ferrajoli, desde Roma y días antes de su confinamiento, reclamaba al mundo levantar un constitucionalismo planetario, “una conciencia general de nuestro común destino que, por ello mismo, requiere también de un sistema común de garantías de nuestros derechos y de nuestra pacífica y solidaria coexistencia”.

Solidaridad social y orgánica , como virtud política y como distintivo  universalizado de una nueva concepción de la justicia,  como valor democrático global que proteja nuestra sociedad de los peligros que permanentemente la amenazan, en un horizonte mundial inclusivo y no exclusivo, generando una nueva conciencia colectiva de cohesión social.

Poco o nada nos habían importado las imágenes de quienes  previamente sufrieron y siguen sufriendo, ahora como nosotros, los azotes de la enfermedad. Nos resultaban extraños, invisibles y desconocidos, solo fueron mera noticia. Seguíamos con nuestra cotidianidad, con nuestros planes, programando reuniones, negocios, viajes, vacaciones…y, de repente, todo se va poco a poco deteniendo, congelando y comenzamos a ver nuestra propia vulnerabilidad, impotentes e inermes ante este nuevo riesgo que nos  amenaza con el sufrimiento y la enfermedad de cerca, muy de cerca.

Michael Baurmann en su brillante ensayo “El mercado de la virtud” sostuvo con acierto que “la moral y el sentido comunitario son elementos irrenunciables para la estabilidad de una sociedad liberal. A la larga, sus instituciones políticas y económicas no podrían funcionar si no llega a superarse, mediante la virtud de los ciudadanos, el abismo entre racionalidad individual y colectiva”.

Mucho tiempo antes  encontramos el presupuesto aristotélico que sostuvo que “toda buena política necesita de la virtud”. Ello requiere  cultivar y cuidar  ciertas cualidades y generar hábitos virtuosos en la ciudadanía, como lo es el valor de la solidaridad, que es cosa de todos y de cada uno de nosotros, generando el interés de los unos por los otros, lo que nos hará si no inmunes, sí más fuertes y menos vulnerables y sabremos también elegir y exigir el buen gobierno en la política de la virtud.