Hablamos de la economía de las caicias. Un artículo de Carmen Domingo. Periodista. Domingo Monforte Abogados Asociados

Publicado en Las Provincias 6-3-1

Caricia: “Demostración cariñosa que consiste en rozar suavemente con la mano el cuerpo de una persona, de un animal”

Llegas al trabajo después de un despertar con prisas y estrés. Entras en la oficina, consultando el reloj, felicitándote por ese pequeño triunfo diario de llegar puntual, a pesar de todo ( en todo, cada uno puede poner sus circunstancias: niños que se levantan cruzados o que se niegan a levantarse, esa lavadora que es preciso poner antes de salir de casa, trenes que se retrasan, tráfico de locos…) Lo dicho llegas a la oficina y lanzas un Buenos Días! Hay compañeros que contestan entre dientes, con una fórmula educada pero triste. Hay otros que esconden la mirada en el ordenador o entre papeles y con aire concentrado levantan la ceja en señal de saludo, otros que ni saludan….Pero hay otros, que te miran, te sonríen y te contestan con ilusión. Personas que invierten en caricias, entendidas en un sentido amplio, más allá del gesto o del roce de piel con piel. Que cuidan las relaciones personales o meramente profesionales con gestos, con señales que cuestan muy poco y que sumadas pueden cambiarte el humor, convertir un mal día en un día mejor.

Los seres humanos, para crecer, para desarrollarnos, necesitamos caricias. La teoría no es mía, la formuló hace más de 20 años, Claude Steiner. Estudió los efectos que ejerce sobre el ser humano crecer y vivir en una abundancia o escasez de signos de reconocimiento y bautizó sus conclusiones con el nombre de Economía de las Caricias. Esta teoría se puede aplicar a todos los aspectos de la vida, también al trabajo. Y, a mi parecer, es evidente que invertir en caricias mejora la implicación de los empleados en los proyectos, sus ganas de trabajar, su identificación con los valores de la empresa y, como consecuencia, la productividad y los beneficios empresariales.

Las relaciones tóxicas son un veneno que mata poco a poco las ambiciones profesionales. Un jefe que presiona, que insulta, que humilla a un subordinado, podrá obtener el rendimiento que espera a corto plazo. Pero si lo que buscamos es el éxito en su más pura definición, ese es un atajo equivocado. Hay que cooperar más que competir. Trabajar en equipo, arrimar el hombro, brillar sin necesidad de apagar la luz del otro. Eliminar narcisismos y egos demasiado hinchados. La competencia es buena pero solo si se aplica contra uno mismo, para mejorar tus umbrales de excelencia, para superar tus propios límites y crecer cada día.

El objetivo de todo buen equipo de trabajo no es llegar a ser “los mejores”, un concepto bastante subjetivo, que cada persona puede valorar con diferente criterio. Sino llegar a ser distintos, ofrecer algo que nos diferencie del resto, que nos haga especiales y únicos.

Y en ese camino, es fundamental la figura de un Jefe que sepa capitanear al equipo: dar a cada miembro de su tripulación el trabajo que merece en función de sus méritos y capacidades. Y, sobre todo, que sea capaz de expresar reconocimiento, de dar caricias. Una sonrisa, un gracias, una mano en el hombro o una felicitación pública, pueden conseguir un efecto mucho mayor en la productividad que mil reproches.

La crítica solo suma si es constructiva. Si sirve para detectar debilidades y ponerles remedio. No para señalar culpables.  Para lograr la calidad hay que conseguir primero el compromiso. Y el compromiso se trabaja día a día, con la confianza. Invirtamos en caricias.