Publicado en Las Provincias el 16 de julio de 2017

Tiene sólo 46 años, pero Ana se siente mayor o, mejor dicho, le hacen sentir mayor. Se mira al espejo y se ve bien. Su cuerpo tiene marcas de vida: unas arruguillas en los ojos que se hacen visibles al sonreír, unas canas que hay que tintar a menudo, y unos kilitos de más en la cintura que le recuerdan que es mamá y que le gusta comer. Nada que no se pueda arreglar con chapa y pintura.

Es lista. Siempre fue de las primeras de la clase. Título universitario y un buen trabajo nada más salir de la facultad de Económicas. Durante años fue un fórmula 1 de la empresa, potente, buena carrocería, pódium en casi todas las carreras pero siempre acelerada. Se acostumbró a vivir así, deprisa. Haciendo equilibrios para conciliar familia y trabajo. Sacrificando el tiempo que debía y quería dedicar a los suyos para acabar un informe, preparar una presentación o acompañar a un cliente. Pero valía la pena. Su familia disfrutaba de un buen nivel de vida y ella se sentía realizada.

Hasta que en esa loca carrera, llegó un curva fatídica. Crisis, recortes, ERE, despedida y cierre. No pasa nada, se dijo. Un tiempo en boxes, unos cursos para recomponer el curriculum y lista para volver a competir…De eso hace ya más de dos años. 29 meses en el mercado, con cartel de disponible. Y nadie llama. Ha hecho algunas entrevistas. Pero siempre hay alguien más preparado, con más idiomas, más joven, mejor para ocupar el puesto. Parece que la experiencia ya no cotiza. Y, sin rubor, le han dicho que es “mayor” para este u otro trabajo. La decepción ha hecho mella en su carácter. Y la mujer optimista, luchadora y divertida, a veces, se siente triste, sin ilusión, sin ganas. El primer lunes al sol estuvo bien, pero después vino el martes y el miércoles y el jueves y el viernes….y otra vez el lunes.

La economía familiar se ha resentido. En casa entran muchas facturas y sólo un sueldo normalito. Así que viven con lo justo.  Han recortado en ropa, restaurantes, ocio y viajes. Las vacaciones las pasan en el pueblo, en casa de sus suegros. Y Ana no se queja. No de eso. Se queja de que no se valoren sus conocimientos, de que no pongan a prueba su capacidad forjada en años de experiencia profesional, se queja de ser invisible, casi molesta. De ser una desahuciada del mercado laboral.

Siempre quiso educar a sus hijos en el ejemplo. Enseñarles que el sacrificio, el esfuerzo… vale la pena. Y ahora siente que ha fracasado también en eso. El otro día el pequeño, que es muy largo, le dijo que ya no quería estudiar lo mismo que ella, que mejor buscaba otra carrera que le diera más oportunidades. Y Ana sintió que se le rompía algo por dentro, sintió que no estaba a la altura.

Pero es falso. Y hoy quiero escribirlo para que el mensaje le llegue a todas las Anas que conozco, que son muchas y valen mucho. Y sobre todo para que le llegue a los empresarios, a esos que seleccionan un perfil para un trabajo y descartan a los mayores de 45. No es una buena estrategia. Quizá los jóvenes van a aceptar menos remuneración, van a hacer más horas extras y van a ser más flexibles y manejables. Pero se están perdiendo mucho talento y valores muy necesarios para cualquier empresa como la madurez, la responsabilidad, la seriedad, la visión crítica y el control emocional.

Además, de esas mujeres y hombres mayores dependen, económica y emocionalmente, las nuevas generaciones que ahora se están forjando. Son por tanto claves para la sostenibilidad del sistema. Y debemos ayudarles a seguir siendo un buen ejemplo. No dejemos que Ana abandone, devolvámosle su sito en la parrilla de salida y que compita por llegar a la meta. Ganaremos todos.

Artículo de Carmen Domingo Monforte publicado en Las Provincias

Desahuciadas laborales. Un artículo de Carmen Domingo Monforte