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Publicado en Las Provincias el 28 de septiembre de 2021.

José Domingo Monforte. Socio-director de DOMINGO MONFORTE Abogados Asociados.

Generosidad y amor por los demás. Son dos valores humanos que dan brillo a la vida de quienes encuentran la alegría de vivir en su disposición incondicional a ayudar a los demás y así se conducen en su día a día, siendo y haciendo grandiosos todos los días de su vida. Proceder singular que quiebra la afirmación de la Filosofía tradicional que sintetiza la locución latina “homo homini lupus”: el hombre es un lobo para el hombre, frase que fue rescatada por Hobbes de la obra dramática Asinaria, del comediógrafo latino Plauto (250-184 a. de C.). Y que el filósofo inglés del siglo XVIII Thomas Hobbes rescató, en su obra El Leviatán (1651), para referirse a que el estado natural del hombre lo lleva a una lucha continua contra su prójimo. Contrariamente,  Jean-Jacques Rousseau, sostuvo para dar vida a su contrato social que “el hombre es bueno por naturaleza” proclamando que los hombres nacen buenos y libres, pero el mundo los corrompe.

Nacer y vivir con esa bondad, amor y generosidad por los demás sigue siendo, por desgracia, algo excepcional, extraordinario y un valor y mérito que les eleva por encima del común de los mortales. Valores que se concentran en frases y aspiraciones como las de Martin Luther King : “Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano”. O de uno de los mensajes que Nelson Mandela acostumbraba a lanzar en sus discursos: “Una nación no debe juzgarse por cómo trata a sus ciudadanos con mejor posición, sino por cómo trata a los que tienen poco o nada”, o de León Tolstoi que aspiraba a encontrar el sentido de vivir y ser feliz y que encerró en su sentencia: “No hay más que un modo de ser felices: vivir para los demás”. Reservo para el final, de forma intencionada, la que proclamaba la madre Teresa de Calcuta: “No permitas jamás que alguien venga a ti y se aleje sin ser mejor y más feliz”.

Recientemente se ha conocido la vida generosa y amorosa del hombre declarado como el más bueno de Italia, Gian Piero, conocido como “Wué”: Tiene 74 años, nació en Génova y su vida se ha conocido gracias al diario  “La Nazione”. Durante mucho tiempo su casa ha sido Piazza Viani, una pequeña plaza donde en la noche dormía entre los árboles y de día se dedicaba a limpiar el suelo con su escoba y recogedor.

Wué transita y vive en las calles de la ciudad de Viareggio, en plena Toscana. Su quehacer lo dedica a recoger céntimos de euro para hacer la compra a otros indigentes como él. En dicha fuente se dice: “Pide los céntimos que no queremos. Los que ocupan espacio en el bolsillo y hasta despreciamos. Pero Gian Piero los transforma en comida para los más necesitados”. Esa es su gran misión en la vida, recoger céntimos que consigue en la calle y llevarlos a una pequeña tienda “aliada” donde los transforma en alimentos para otros: leche, pan, aceite, pasta, café, mantequilla, cereales… Wué también nos deja la frase que da sentido a su vida: ”Me gusta ayudar a la gente, conozco a tanta que no tiene nada para comer…”. Todos lo conocen y respetan y le entregan los céntimos que les sobran, especialmente le hacen feliz los niños que se preocupan de recoger y darle esos céntimos sobrantes.

A Wué se le ha otorgado el Premio Internacional Bondad 2021, un galardón muy especial dedicado a personas que se distinguen por su generosidad hacia los demás. Su vida y misión da razón a la sentencia de René Descartes: “Los más generosos acostumbran a ser los más humildes”.

No quiero cerrar estos ejemplos de vida sin dedicar a mi atención y declarar mi admiración hacia una institución muy querida en Valencia, el Cottolengo del Padre Alegre y a la vida en amor y generosidad de las Hermanas Servidoras de Jesús, que llegaron a Valencia en 1943 y desde entonces atienden a enfermas crónicas y terminales que carecen de medios económicos. Enfermas discapacitadas con parálisis cerebrales, hemiplejias, abandonadas, con demencia por adicción o drogas, etc. que han encontrado la suerte divina en esta casa que lo es para siempre. El Cottolengo es un hogar de por vida.

Hay algunas residentes que llegaron en 1943 y allí siguen. Con 80 años o más. “Somos una gran familia”, declaraba la Hermana directora Eva María Delgado, que antes de ingresar en la orden en 2002 era enfermera, a este diario,  en 2019 ( LP J. SANCHIS 14 enero 2019)  con motivo del 75 aniversario: “Les damos cariño. Muchas veces lo que necesitan es sentirse queridos”.

El Cottolengo, con humildad y silencio en su labor, se mantiene de aportaciones voluntarias, dinero o materiales y tienen siempre lo necesario. Cuando yo tuve la suerte de visitarlo,  mi mirada no pudo evitar encontrarse en la entrada con la gran pila y cúmulo de alimentos, aceite, leche, agua mineral… que muchos valencianos dejan allí en absoluto anonimato. Las Hermanas lo aceptan y lo agradecen como la Providencia Divina para manifestar el amor de Dios, en palabras de nuevo de la hermana Delgado: “Él sabe lo que necesitamos”.

La orden no tiene detrás una fundación con patrimonio. No tiene posesiones ni recibe subvenciones, la Providencia Divina resuelve con suficiencia las necesidades. Las Hermanas llevan una vida tan exigente como alegre cuya recompensa la encuentran en arrancar una sonrisa en las enfermas, a las que quieren y cuidan como su familia.  Para vivir en la gran familia del Cottolengo deben cumplirse solo dos condiciones: tener una enfermedad crónica y terminal y no tener medios económicos, siendo un hogar de por vida para personas que no pueden mantener una mínima autonomía y se ayudan de las demás, como lo que son, una familia.

Ejemplos de vida y vidas que nos mueven e impulsan y quizá encuentren su reflejo en la frase del periodista y poeta E. Marquina: “Oro, poder y riquezas muriendo has de abandonar, al cielo sólo te llevas lo que des a los demás.”