Publicado en el periódico El Mundo el 31 de marzo.

José Domingo Monforte. Socio-director de DOMINGO MONFORTE Abogados.

La sonrisa, el saludo cordial, el abrazo… no solo son señales de cortesía, también por lo que representan en el momento en que se emiten pueden trasladar el afecto.Mostrar el afecto y la reciprocidad del intercambio afectivo hace que experimentemos sensaciones placenteras de satisfacción y confiabilidad. Las señales afectivas sinceras incentivan las relaciones y tienen un efecto siempre benéfico y rupturista de la negatividad del ánimo. Muestran también la dimensión humana de las personas.

Leía recientemente que la popularidad del presidente de Portugal, Marcelo Rebelo de Sousa, no deja de crecer. Antes, como candidato, católico por encima de todo y militante del Partido Social Demócrata, renunció a la maquinaria partidista, a las banderolas, a los mítines, a los himnos y a las pancartas. Por el contrario, salía a la calle y empezaba a hablar con la gente y abrazarla. Se convirtió en el candidato de los afectos y después en el presidente de los afectos. Como él mismo comentaba: “A veces, las personas solo necesitan consuelo, un abrazo, que las escuchen. Ya entienden que no les voy a solucionar sus problemas”.

En múltiples ocasiones comprobamos cómo el bien más preciado -que es la salud y la vida- se ve comprometido ante la información de un diagnóstico. Los pacientes receptores  no olvidan nunca dónde, cuándo y cómo se les informó de ello, con toda seguridad por la incertidumbre y sufrimiento que les invade. Así lo expresó Lance Armstrong  al revelarle la información de  que padecía un cáncer testicular metastático: «Yo salí de casa esa mañana del 2 de octubre de 1996 siendo una persona y regresé siendo otra muy distinta». Si nos detenemos a pensar en un momento así, estaremos de acuerdo en que requieren de un esfuerzo adicional del profesional de la medicina en la obligada información  y de una  forma comprensible de la mala noticia, al paciente y a su familia, de la que se es consciente que consumiría la alegría e ilusión hasta del más entusiasta.

Las señales afectivas como lo son la mirada de apoyo del médico, o el contacto físico de tocar levemente y con respeto la mano o el brazo del enfermo, en el momento de informar de la gravedad de un diagnóstico o del estado crítico de un paciente, puede aliviar y reducir el dolor y sufrimiento del paciente y de su familia. Si se tiene, muestra y mantiene la capacidad afectiva de  trasladar junto con esos efectos adversos la dimensión humana  de compresión,  de sensibilidad,  y conexión empática.

Ya en el siglo II  el abogado y escritor romano Aulus Gellius anticipó con acierto que el médico completo es el médico humanista, o lo que es lo mismo, el que está capacitado en tres dimensiones básicas del ser humano pideia (educación),  philanthropia (empatía) y techné (competencia técnica). Capacidades que adecuadamente aplicadas harán visibles la cercanía y el  afecto profesional y también por qué no, el efecto deseable de recuperar la esperanza vital y lograr la cooperación del paciente en un plan terapéutico que posibilite su mejoría o alivie su dolor. Incluso en situaciones extremas en las que se tiene la certeza de que no se pueda curar. Ello no significa que no se pueda ayudar, es increíble la resistencia y fortaleza de muchos enfermos crónicos de aceptar sus limitaciones y basar su nivel de felicidad en las posibilidades de disfrutar de un presente ante un futuro muy breve.

A la salud y vida puede seguir en orden preferencial la libertad y el patrimonio. En mi ejercicio profesional de la abogacía me enfrento a situaciones difíciles en las que se ven comprometidos dichos valores: comunicar la decisión de la resolución judicial que ordena el ingreso inmediato en prisión les aseguro que provoca en personas ajenas a la delincuencia un impacto y conmoción difíciles de describir. Son momentos en los que el Abogado se encuentra ante la obligación legal de informar, consciente de que la mala noticia va a provocar sufrimiento y sentimientos de dolor, incomprensión, indignidad, pérdida, miedo, inseguridad, frustración, fracaso, injusticia…

Nadie nos ha formado para ello, únicamente nuestros valores humanos y el deseo de dar en dichas situaciones extremas lo mejor de uno mismo. Y les aseguro que se puede hacer de la necesidad virtud, evitando  tecnicismos incompresibles, como dijo el sociólogo americano Dr. Laurance J. Peter, «la persona que utiliza muchas palabras pomposas no está procurando informar, está procurando impresionar», evitando también argumentaciones tremendistas que solo pueden conseguir acentuar el miedo y la confusión. Contrariamente, recomiendo abordarlo desde el enfoque humano con una comunicación afectiva y cercana, sin perder la profesionalidad y la objetividad, generando un ambiente de interés y respeto que posibilite lograr el restablecimiento emocional y el efecto de cooperar en su defensa y luchar por la libertad de la que ha sido privado o, en su caso, de asumir su error, aceptarlo y repararlo y por qué no, pedir un convencido y sincero perdón. Perdón que además tiene múltiples beneficios humanos y procesales, resurgiendo de la calamidad más maduro y equilibrado.

Estoy convencido, y esta mi sincera y humilde recomendación y consideración, de que el intercambio afectivo es necesario para la convivencia y que el efecto del afecto es que nos convierte en seres más fuertes.