Publicado en el diario El Mundo el 4 de noviembre de 2018.

José Domingo Monforte. Socio-director de DOMINGO MONFORTE Abogados.

Con las imágenes de los cementerios repletos y las celebraciones del día de Todos los Santos –con origen en la tradición católica- aún recientes en la memoria, invito al amable lector a reflexionar sobre la dualidad de la vida y la muerte.

La muerte es inherente a la vida. El miedo a la muerte es la base del sentimiento humano, sin embargo, Epicuro, precursor de la filosofía vitalista, presentó en su ética una visión racional acerca de la muerte que podría sintetizar en esta fórmula certera: “nada es la muerte y en nada nos concierne. Porque cuando yo estoy no está ella y, cuando ella está no estoy yo”. El sabio, nos dice el pensador heleno, ni rehúsa la vida ni teme el no vivir, porque no le abruma vivir, ni considera que sea algún mal no vivir.

Llevamos tiempo asistiendo a un proceso medido de modificación de la percepción social sobre la eutanasia con el fin de que se generalice la idea de que es algo natural. Este proceso se estudia en las ciencias políticas y se conoce como ‘ventana Overton’ y se desarrolla en cinco fases: primero, de lo impensable a lo radical; segundo, de lo radical a lo aceptable; tercero, de lo aceptable a lo sensato; cuarto, de lo sensato a lo popular y quinto, de lo popular a lo político. Y solo queda el final que es de lo político a lo legal.

Los comportamientos eutanásicos – auxilio al suicidio y ejecución del homicidio al enfermo- nuestro vigente Código Penal los  tipifica y castiga con cierta atenuación de la pena. [143.4 CP de 1995].  Con la despenalización de estas conductas nuestro país pretende equiparar su legislación con la de países europeos que ya las han despenalizado como Bélgica y Holanda.

La proposición de Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia plantea incluir la eutanasia como una prestación más en la cartera de servicios comunes del Sistema Nacional de Salud. Su prestación quedará garantizada también en centros privados.

Los pacientes con una discapacidad grave, un sufrimiento físico y psíquico “intolerable, insoportable e irreversible” o una “altísima” dependencia de otras personas y con un diagnóstico realizado por un profesional sanitario podrán pedir la eutanasia de acuerdo con sus “valores vitales”. Será el paciente mayor de edad, quien promoverá el proceso fruto de una decisión autónoma, y en plena capacidad de obrar y decidir, informado y consciente.

Se desplaza sobre los médicos – a los que se les reconoce la objeción de conciencia- las garantías de que no se altera la voluntad del enfermo. La muerte provocada por la aplicación de esta ayuda tendrá consideración de muerte natural, a efectos también de los seguros de vida.

Técnicamente, el proceso hasta la muerte provocada del enfermo plantea incertidumbres como lo es el dudoso rigor de la voluntad del enfermo, cuyo estado terminal le convierte en anímicamente vulnerable por psicológicamente inestable; a lo que se suman los riesgos del diagnóstico y de los avances científicos en el tratamiento de los mismos, así como, lo que algunos tratadistas penales califican de difuso riesgo de que, una vez legalizadas dichas prácticas eutanásicas, se inicie una general pérdida del respeto por la vida ajena por una parte de los profesionales médicos. Y con ella la  desviación de la función de curar y de agotar todas las posibilidades de llevar a las personas enfermas a la vida normal y de los  propios fines de la medicina de liquidar el dolor y el sufrimiento.

El riesgo, sin duda, puede estar en que puedan darse situaciones no deseadas, poniendo en jaque mate el principal y fundamental valor, la vida.

Situaciones de enfermedades -en el estado actual de la ciencia- aparentemente irreconciliables con la vida, como las que describe la iniciativa parlamentaria para la regulación de la eutanasia, son altamente propicias para desarrollar el pensamiento fatalista con anticipación ansiosa de todo lo negativo que aguarda y suelen acabar configurando una realidad perturbada dando lugar a la fatal profecía del autocumplimiento, de forma inconsciente se buscan los actos que confirman la ausencia de motivos para vivir.

Lo único que puede contraponerse a dichos pensamientos ante dichas situaciones críticas es encontrar el sentido al valor de la esperanza, sentimiento capaz de mover el ánimo para  que el enfermo luche al tiempo que le ayuda a soportar la angustia dichos graves momentos. A diferencia del optimismo, la esperanza es un sentimiento que surge en situaciones  concretas y específicas mientras que el optimismo es una actitud vital que puede complementarla. Spinelli, en su trabajo “Por un hospital más humano” así lo reconoce “algunos de los factores terapéuticos que pertenecen a varias ciencias, y que los médicos utilizan más o menos conscientemente a la hora de establecer una relación humana con el paciente, incluye: “el esfuerzo por infundir esperanza [el factor humano-terapéutico más importante]”.

Con  más cercanía  Julio Cortázar, con frase genial une vida y esperanza “la esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”.

¡Viva la vida!

Para acceder a la publicación original, pinche aquí: