Publicado en el diario Levante-EMV el 6 de agosto de 2018.

José Domingo Monforte. Socio-director de Domingo Monforte Abogados.

Suenan los primeros acordes de la Carxofa de Silla y aparte de esa melodía que compuso Rigobert Cortina Gallego, sólo se escucha el silencio. La voz callada de un pueblo que, como todos los años, se reúne el 6 de agosto para celebrar su fiesta más solemne: el Cristo de Silla.

En la plaza del pueblo no cabe una aguja pero reina el silencio. Un silencio noble, de respeto y de emociones encontradas.

Allí estamos todos, creyentes y no creyentes. Nacidos aquí, nacidos en otros lugares de España o incluso nacidos en otros países de mundo. Pero todos hijos de Silla, de este pueblo acogedor que abre sus brazos a todo el que quiere formar parte de su historia.

Cuando el angelito empieza a entonar el “Glòria a Dèu a les altures”, esa voz dulce nos une con un hilo invisible y nos hace sentir parte de una misma familia, de una tradición que perdura en el tiempo….que llegó mucho antes que nosotros y que, seguro, continuará cuando ya no estemos.

Es una fiesta religiosa pero más allá de ello es una fiesta de hermanamiento. Una tradición sin color político, que ha visto pasar Repúblicas, Dictaduras, Monarquías y que, ahora, en democracia se muestra libre y abierta a la participación de todos. A las familias de siempre y a las nuevas familias. Un ejemplo vivo  de integración con  nuevas gentes llegadas  de otros pueblos y países que también participan, la respetan y sienten como propia.

La fiesta del Cristo, con su procesión, con su danza dels Porrots, con su Carxofa es una tradición centenaria con fuertes raíces culturales pero sobre todo, sentimentales. Siempre he oído decir que es deber del bien nacido participar, cada año, en esta celebración. Y la gran mayoría cumple con ese pacto no escrito.

Es un día de reencuentros. Ese amigo de la infancia que vive lejos, esa familia a la que has perdido la pista, ese primo lejano que, de repente, está ahí, muy cerca. Saludos emocionados, abrazos y muchas conversaciones aquí y allá para ponerse al día, para saber en que anda cada cual, que ha sido de sus vidas.

Los niños la viven con especial intensidad. Todavía recuerdo el impacto que me produjo, de muy pequeño, la primera vez que vi abrirse la Carxofa, la aparición estelar del angelito, su voz, la música. Recuerdo la admiración que me provocaban los guerreros de la Danza dels Porrots, con sus piruetas imposibles, la ropa nueva y elegante, el calor, las comidas en familia, la procesión de la mano de mi padre….

Recuerdos imposibles de borrar y que me empujan cada año, como buen sillero, a compartir con las gentes de mi pueblo, nuestro día, el día del Cristo de Silla.