Publicado en Las Provincias el 24 de diciembre de 2017

Dicen que una mentira muchas veces repetida se convierte en verdad. Y ese es uno de los peligros de la información servida por las redes sociales. Lanzas un bulo, convenientemente adornado y estratégicamente difundido y la maquinaria de internet, cual convertidor mágico, se encargará de transformarlo en noticia. Solo necesitas contar con dos  ingredientes básicos para que la pseudo-información corra como la pólvora: que sea sorprendente y mínimamente creíble. Y digo mínimamente porque publicaciones “serias” han llegado a dar por ciertas y publicar noticias como “Golpean al DJ de una disco por poner despacito 10 veces en una noche”. Una broma publicada originariamente en la página web de contenidos humorísticos: “Hay Noticia”.

Si además la “mentira” tiene un componente ideológico, es fácil encontrar en la red cientos de hooligans de la política que se encargarán de compartir y retwuittear hasta el infinito y más allá. ¿A quien no le llegó la falsa propuesta del líder de Ciudadanos, Albert Ribera, sobre la vuelta del servicio militar obligatorio para ninis? ¿O el bulo de que Podemos pedía la supresión de las procesiones de Semana Santa?Por no hablar de todos los montajes difundidos a costa del llamado “Procés” de Independencia en Cataluña.

Intelectuales y atrapa tendencias, se han afanado a encontrar un vocablo para definir esta nueva realidad: la posverdad. Palabra que, previsiblemente, entrará a formar parte del diccionario de la RAE definida como “toda información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público”. No entiendo la necesidad de buscar una nueva palabra cuando el castellano tiene ya una con historia y rotundo significado para definir esto: “Mentira”.

Algunas mentiras 2.0, las más malévolas, nacen para desprestigiar a personas, instituciones o partidos. Otras, más comerciales, buscan publicidad o incluso pueden tener una buena causa. Recuerdo un bulo sobre que Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, había anunciado que cerraría las cuentas de los usuarios con mala ortografía. La falsa información  formaba pate de una campaña para fomentar el buen uso del lenguaje y la gramática. Pero, por legítimo que sea su objetivo, todos los “fakes” hacen daño porque atacan la línea de flotación del periodismo: la verdad.

La desinformación no es un fenómeno nuevo, pero sí lo es la velocidad y la amplitud con la que se propagan toda clase de bulos y noticias “cocinadas”. Las redes sociales se han convertido en autopistas de la información. Y el peligro es la velocidad a la que circulan muchos de sus “conductores”. No es necesario ser periodista para lanzar una noticia por twitter. Cualquiera con un móvil y una conexión a internet puede convertirse en narrador de la realidad. Pero el riesgo es que esa adicción a la rapidez contagie también a los medios de comunicación.

Es cierto que la inmediatez es uno de los valores del buen periodismo. Ser capaz de enterarte de los sucesos antes que nadie y contarlos el primero siempre supone, para el periodista y para el medio de comunicación donde trabaja, un buen tanto a favor. Pero, en ocasiones, la velocidad nos hace derrapar y llevarnos por delante el más importante de los principios periodísticos: la veracidad. Unos minutos para contrastar la información, consultar las fuentes y reflexionar sobre la noticia, su importancia y sus repercusiones son, más que recomendables, exigibles a cualquiera que se dedique al noble trabajo de informar. Aunque la información se sirva por twitter. Corremos el riesgo de que en un mundo de noticias falsas, toda la información periodística se devalúe y sea cuestionada, con toda la razón, por los ciudadanos.

En la era de la “Posverdad”, el verdadero periodismo, profesional y riguroso es más necesario que nunca. Los periodistas debemos ser los primeros en alzar la voz contra las noticias falsas y pedir que los medios y canales que las difunden no queden impunes, sobre todo, cuando esas informaciones difaman, desprestigian o hacen daño.  La libertad de expresión no ampara ni debe amparar nunca la mentira.