Publicado en El Mundo el 16 de diciembre.

José Domingo Monforte. Socio-director de DOMINGO MONFORTE Abogados.

Analizaba en mi despacho una sentencia penal en la que se condenaba, con rigor y certeza,por un delito de lesiones graves y en la que el Juez, tras realizar un minucioso análisis de la prueba de cargo, cerraba sus reflexiones dedicando una crítica a la tesis exculpatoria del acusado, sosteniendo que la  misma resulta insólita, poco verosímil y contraria a las más elementales premisas lógicas.

Ante lo estrambótico y grotesco del planteamiento defensivo, decía la Sentencia del Juzgado de lo Penal nº 10 de Valencia, de 7 de diciembre de 2018: “que es propio de  alguna de las series televisivas tan de moda hoy en día a través de determinadas plataformas, ya que no se ampara en ningún tipo de corroboración objetiva o externa”.

Tal consideración me sugiere una reflexión acerca del nivel de influencia o de contagio de un mundo televisivo en el que la creación y fantasía se esfuerza en la aspiración de presentarse como posible y real.  La serie española de los 80 “Turno de oficio”, con cierto realismo en la ambientación, trasladaba al espectador al mundo de la justicia y la delincuencia en Madrid, con el bueno de Cosme y la experiencia del Chepa ejerciendo en el turno. La crudeza del pesimismo vital en el que se mezclaba la violencia, la droga y el alcohol, generalmente  presentes en la comisión de delitos no económicos, con la parte humana que también impregna el derecho penal.

El modelo conductual que hoy se nos presenta ciertamente es otro, el del abogado de buen semblante y vestido, con cierto maniqueísmo: los buenos son abogados, los malos fiscales y los jueces muestran en juicio sus excentricidades.

Todo el mundo conoce la salvífica quinta enmienda que lleva a la inocencia y, por el contrario, se desconoce nuestra Constitución que ampara la presunción de inocencia y que se concentra  en la doctrina  construida sobre la base de que “el acusado llega al juicio como inocente y sólo puede salir de él como culpable si su primitiva condición es desvirtuada plenamente a partir de las pruebas de cargo de la acusación, legítimamente obtenidas y sometidas a contradicción y juicio.”

Se gesta un mundo en el que todo puede relativizarse y, con una buena disposición creativa, todo por más evidente que se presente tiene una solución si se cuenta con los medios suficientes para tener al mejor abogado, como si el tamiz y filtro de un juicio no posibilitara descubrir y descartar situaciones que resultan grotescas y estrambóticas en las tesis exculpatorias, como con acierto criticaba el Juez penal en su Sentencia.

George Gerbner, de la Universidad de Pensilvania, fue el creador de la teoría del cultivo, al analizar en los años sesenta cómo influía la violencia televisiva de las series. El concepto de cultivo hace referencia a cómo las personas forman impresiones acerca de la realidad social, a partir de la penetración sistemática de los contenidos televisivos. La conclusión más severa es que el consumo televisivo reduce la satisfacción con la vida a través de la promoción del materialismo, influye en la percepción de las profesiones y puede influir y hasta modificar patrones de comportamiento.

Cumplir con las exigencias de expectación y audiencia puede seguir obsequiando al adicto paciente televisivo a seguir mostrándole una importada realidad absurda, que nada tiene que ver con nuestra cultura, valores y sentimientos. Para ingenio, el de nuestra literatura y el mejor telefilm, cualquiera de los relatos de novela picaresca que encontramos en el Buscón de Quevedo, el Lazarillo de Tormes o la Pícara Justina, que sí eran reflejo de  la situación social de una parte de la población.

España estaba consumida en continuas guerras y en la conquista de América, lo que de suyo provocó que abundaran soldados y aventureros inválidos o empobrecidos, caldo de cultivo apropiado para el personaje astuto del pícaro, holgazán que desprecia el trabajo manual y solo roba para subsistir. Realidad, ingenio y moraleja como en el episodio en el que Lázaro nos cuenta cómo se las ingeniaba para beber el vino del jarrón del ciego y también la venganza del ciego al descubrir paciente el engaño y dejar caer el jarro sobre la cara de Lázaro: “El ciego me lavó con vino las roturas que con los pedazos del jarro me había hecho y sonriéndose decía: – ¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud.”

Y si de cine divertido y con valores hablamos, la película de Javier Fesser “Campeones”  refleja valores como la amistad, el compañerismo y la humildad, siendo el deporte el que los vehiculiza tratando con respeto, delicadeza y naturalidad la relación con personas con discapacidad intelectual. Autenticidad vital que mueve emociones y que ha hecho más por el reconocimiento y respeto hacia estas personas que cualquier campaña o actividad social gubernamental.

Aquí sí que merece la pena y es oportuna la protesta y lo hago al estilo angloamericano de sus seriales: ¡Señoría Protesto!   Causa o razón: Defender lo nuestro. ¡Pertinente!