Abogada Domingo Monforte Abogados Asociados

Publicado en el periódico Levante-EMV el 20 de noviembre de 2018.

Carolina Navarro González. Abogada y Licenciada en Comunicación Audiovisual.

Solo hace falta un ordenador  y unos pocos clicks para transportarte a una playa paradisíaca donde mostrarte al mundo tomando los mejores cócteles, para verte practicando salto base en pleno Cañón del Colorado o, simplemente, para protagonizar una película para adultos que se distribuye sin control por Internet…

Hasta ahora determinados programas de retoque fotográfico nos permitían hacer montajes con imágenes estáticas. Y millones de las instantáneas con más éxito y ‘likes’ de ‘influencers’ que se muestran al mundo a través de redes sociales como Instagram o Facebook son simplemente eso, imágenes manipuladas en busca del agrado de una legión de seguidores o ‘followers’ entregados que apenas reparan en lo burdo de muchos montajes de quienes jamás han puesto un pie en Indonesia, pero aparecen retratados en las mejores playas de Bali.

Sin embargo, la Inteligencia Artificial nos permite dar un paso más. Imágenes en movimiento, vídeos, que nos muestran a nosotros mismos en escenarios y situaciones en las que jamás hemos participado. Hablamos de ‘Deepfake’ –que en lenguaje cervantino significa profundamente falso– una tecnología al servicio de la manipulación capaz de crear vídeos falsos pero altamente realistas y al alcance de cualquiera con unos mínimos conocimientos informáticos.

Distinguir lo que es real de aquello que no lo es se complica. Las fake news  o noticias falsas corren como la pólvora por Internet y los bulos circulan en pocos minutos por todo el planeta. Internet es un escaparate abierto donde cualquier contenido puede viralizarse. No es necesario que sea un periodista de reconocida trayectoria o un medio de prestigio quien lo difunda. Puede lanzarlo cualquier particular con su teléfono, desde su casa en una recóndita aldea china o desde las exclusivas oficinas de una multinacional en Manhattan. El potencial impacto de esta publicación será el mismo: millones de receptores que se harán eco de la noticia y que, a su vez, la difundirán a través de sus dispositivos haciendo crecer su repercusión de forma exponencial.

Y, sin duda, la posibilidad de añadir vídeo a esta pseudo-información, el  ‘deepfake’, no hará más que potenciarla. Es sabido que una imagen vale más que mil palabras y en el mundo cibernético esta máxima multiplica su efecto.

Numerosos actores han sido objeto de estas prácticas: Scarlett Johansson o Kate Perry protagonizando vídeos porno, o Nicolas Cage haciendo de Superman en un vídeo humorístico. Sus caras se utilizaron sin su consentimiento y se incrustaron en vídeos verdaderamente protagonizados por otras personas, pero muy, muy reales.

Idéntica tecnología se ha utilizado en vídeos de contenido político. La imagen de Barack Obama, Donald Trump o el emir de Qatar también se ha utilizado para hacer estos vídeos, generando una gran alarma por su eventual repercusión en la esfera política, económica o en las relaciones internacionales.

Pero el ‘deepfake’ tiene un lado mucho más mundano, más próximo al ciudadano de a pie, y las consecuencias de esta nueva tecnología pueden incluso afectar a nuestro día a día. Si las suplantaciones de identidad encontraron en Internet una plataforma privilegiada, ahora la inteligencia artificial permite que cualquier persona pueda utilizar nuestro rostro y difundir por la red vídeos de toda índole.

El montaje correrá por la red, o no, dependiendo de las reacciones que suscite. Pero el daño para aquel a quien han robado la identidad estará hecho y desmentir el bulo será enormemente más costoso que haberlo hecho circular. Por morbo, por interés o por mera desidia.

La protección frente a estos programas de vídeo -que ya no son de uso exclusivo de las productoras más potentes, sino que cualquiera puede tenerlos en su teléfono móvil- ha de venir de nuestras leyes, que deberán adaptarse al nuevo entorno tecnológico. La reforma del Código Penal del año 2015 introdujo una serie de nuevos delitos de carácter tecnológico; sin embargo, esta actualización ha devenido ya insuficiente, como consecuencia de la gran velocidad a la que evoluciona el sector tecnológico con un desarrollo imparable y vertiginoso de nuevo software.

Tampoco se trata de acuñar nuevos delitos a cada innovación tecnológica que aporte fórmulas novedosas de delinquir, ya que algunas conductas se enmarcarán en delitos tradicionales que únicamente deberán ser adaptados a los nuevos tiempos. La solución pasa, pues, por encontrar un equilibrio que garantice nuestros derechos y otorgue plena seguridad jurídica.

En definitiva, se requerirá una actuación conjunta para tratar de limitar la impunidad que actualmente confiere la red. Las difamaciones, suplantaciones de identidad, fraudes, coacciones, amenazas, falsificaciones o delitos sexuales con frecuencia se esconden tras el anonimato del internauta. Quizás sea parte de la filosofía de Internet o una garantía de la libertad de expresión pero, en ningún caso, debe ser el escudo del delincuente.

Las ‘fake news’ ya se ha demostrado que ejercen una enorme influencia a nivel planetario. Las campañas de desinformación, desprestigio o incluso difamación han impactado en episodios tan relevantes como la campaña electoral estadounidense, el Brexit o la carrera nuclear de Corea del Norte. Ahora, la posibilidad de añadir vídeo –a través del ‘deepfake’-  a esta información ya de por sí manipulada en su forma y manipuladora en su mensaje, nos complicará más todavía la distinción entre realidad y mentira.